Fue algo peor que un mal sueño.
Las llamas avanzaban sin piedad, devorándolo todo, dejando tras de sí un infierno teñido de negro. Un hilo de fuego, incesante y voraz, que avanzaba fuera de control mientras nosotros nos mirábamos unos a otros, impotentes, incapaces de hacer nada ante aquella furia desatada.
Han pasado ya varias semanas y el negro sigue impregnando el monte, como una herida abierta que se resiste a cerrar. El paisaje, antes vivo, permanece silencioso, cubierto por una ceniza que lo iguala todo. Solo nos queda el recuerdo —y el agradecimiento— de aquel grupo de voluntarios y profesionales que, como un David moderno, se enfrentaron a un Goliat de fuego. Con valentía, esfuerzo y agotamiento lograron, finalmente, vencerlo.
Hoy, tímidamente, el verde empieza a abrirse paso entre tanta oscuridad. Brota despacio sobre ese suelo cruelmente vandalizado, como un acto de resistencia silenciosa frente a unas llamas que se lo tragaron todo sin distinción.
La vida insiste en volver a surgir. Aún nos cuesta encontrarla entre el negro de la tierra que la rodea, aún parece imposible reconocer ningún ser vivo en ese escenario devastado. Pero está ahí, latiendo bajo la ceniza, esperando su momento para recordarnos que, incluso después del fuego, siempre queda lugar para la esperanza.





































No hay comentarios:
Publicar un comentario