Quizá porque una imagen puede hacer mucho más que detener un instante: puede condensar una mirada, una emoción, una historia y, a veces, conseguir que algo efímero termine trascendiendo la propia imagen.
Este fin de semana se ha celebrado en mi ciudad, Tortosa, un festival de intervenciones efímeras de arquitectura. Y precisamente lo efímero puede llegar a traspasar vidas, distancias e incluso fronteras.
Una de las fotografías que realicé durante el festival la compartí en mis redes sociales. Es la imagen que acompaña este texto. La autora de la intervención, Celia de la Fuente Cabranes, me pidió la fotografía y, encantado, se la envié.
Poco después recibí un mensaje suyo:
"Esta misma mañana, ya en Madrid, me he acordado de la foto porque, por casualidad, me ha parado en mi barrio una señora que había estado también en el festival y me ha reconocido. Me ha dicho que le habían hecho un fotón con las flores rojas. Entonces me la ha enseñado en Facebook y era tu foto. ¡Era la mujer del paraguas verde! Resulta que es la madre de uno de los arquitectos autores de la intervención de las mandarinas. Quería compartir esta historia contigo".
Su correo me emocionó.
Porque aquella fotografía había dejado de ser simplemente una imagen de unas flores rojas en Tortosa. Se había convertido en el punto de encuentro de varias historias: la mujer del paraguas verde, la obra de Celia, los arquitectos de otra intervención y una conversación casual en una calle de Madrid.
Y pensé, una vez más, en por qué adoro la fotografía.
Porque nunca sabemos hasta dónde puede llegar una imagen. Fotografiar es atrapar lo efímero antes de que desaparezca, pero algunas fotografías tienen la capacidad de hacer que aquello que debía durar un instante continúe viviendo en la memoria.
Aquel día fotografié unas flores. Sin saberlo, también estaba fotografiando una historia que todavía no había sucedido.











