El río Ebro baja crecido a su paso por Tortosa. El caudal alcanza los 1.400 metros cúbicos por segundo, con una altura aproximada de cinco metros, cifras que evidencian la magnitud de la actual avenida.
Esta situación es consecuencia, en buena medida, de la apertura de compuertas del embalse de Mequinenza, que se encuentra al 95 % de su capacidad y debe gestionar el volumen adicional de agua derivado de las intensas lluvias registradas en los últimos días. La regulación del pantano busca precisamente amortiguar el impacto de la crecida aguas abajo, aunque el aumento del caudal resulta inevitable.
La imagen que ofrece el río es tan imponente como sobrecogedora. La fuerza del agua, su velocidad y el color turbio que arrastra sedimentos y restos vegetales convierten el paisaje fluvial en un espectáculo de enorme potencia visual. El Ebro recupera por momentos la dimensión indómita que le ha acompañado a lo largo de la historia.
Sin embargo, más allá de la espectacularidad, conviene recordar que estas crecidas comportan riesgos y daños, especialmente en las zonas no canalizadas o más vulnerables del cauce. Huertos, caminos y terrenos agrícolas pueden verse afectados, y es imprescindible mantener la prudencia y respetar las recomendaciones de las autoridades.
El río, cuando crece, nos recuerda su fuerza y su memoria. Admirarlo no debe hacernos olvidar el respeto que merece.
































.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)