sábado, 1 de agosto de 2026

Girasoles

 

Dicen que los girasoles siguen al sol. Yo creo que siguen a la esperanza.

Cada amanecer levantan lentamente la cabeza, como quien despierta de un sueño antiguo y necesita comprobar que la luz sigue allí. No preguntan si habrá tormenta, si el viento doblará sus tallos o si la noche volverá demasiado pronto. Simplemente miran hacia donde nace el día.

Mientras nosotros aprendemos a convivir con las sombras, ellos han decidido enamorarse de la luz.

Cuando el verano alcanza su plenitud, un campo de girasoles deja de ser un campo. Se convierte en una multitud de corazones dorados latiendo al mismo compás, miles de rostros inclinados hacia un único horizonte, como si la tierra hubiera decidido rezar mirando al cielo.

El viento pasa entre ellos como quien acaricia un mar inmóvil. No hablan, pero se escuchan. No caminan, pero emprenden cada día el mismo viaje. El viaje más difícil de todos: el de no dejar de buscar aquello que les da vida.

Y cuando el sol comienza a declinar y el otoño se acerca en silencio, los girasoles inclinan lentamente la cabeza. No es tristeza. No es cansancio. Es gratitud.

Han transformado la luz en semillas, el tiempo en fruto y la belleza en futuro. Saben que todo termina, pero también que toda semilla guarda la promesa de otro verano.

Solo viven orientados hacia aquello que aman.

Y pienso que tal vez la vida no consista en evitar la oscuridad, sino en parecerse un poco a ellos: levantar cada mañana el rostro, aunque la noche haya sido larga; seguir buscando la luz, aunque las nubes la oculten; y florecer, incluso sabiendo que un día nuestros pétalos también caerán.

Porque quien vive mirando al sol deja, sin darse cuenta, un campo entero de esperanza detrás de sí.




















viernes, 24 de julio de 2026

‘Desde la periferia’ de Jaume Rocamora

 


Hace unos días tuvo lugar la inauguración de la exposición Desde la periferia, dedicada a Jaume Rocamora (Tortosa, 1946) en el Museo Salvador Victoria de Rubielos de Mora (Teruel). La muestra propone un recorrido por la segunda etapa creativa del artista, iniciada en 1975, cuando abrazó de manera definitiva la abstracción geométrica y consolidó un lenguaje plástico propio, caracterizado por el rigor formal y una profunda reflexión conceptual.

Como señaló el comisario de la exposición y director del museo, Ricardo García Prats, Rocamora ha permanecido siempre vinculado a las corrientes más avanzadas del pensamiento y del arte contemporáneo, a pesar de haber desarrollado su trayectoria desde la "periferia artística" de Tortosa. Lejos de constituir un obstáculo, esa condición ha definido una mirada independiente, coherente y profundamente personal, ajena a modas y tendencias pasajeras.

La exposición reúne algunas de las series más representativas de su producción, desde las composiciones monocromas de gran intensidad conceptual hasta aquellas en las que el color irrumpe con fuerza para evocar el Mediterráneo, la tradición clásica y una renovada dimensión simbólica de la geometría. Un recorrido que permite apreciar la evolución de un artista que ha sabido convertir materiales humildes, como el cartón, en el fundamento de un lenguaje plástico de extraordinaria singularidad.

Considerado uno de los principales referentes de la abstracción geométrica española, Jaume Rocamora ha desarrollado una sólida trayectoria de proyección internacional. Su obra forma parte de importantes colecciones, entre ellas la Tate Gallery de Londres, el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, el MACVAC de Vilafamés o el Centre National des Arts Plastiques de París. Una presencia que confirma que la innovación artística no depende de la proximidad a los grandes centros culturales, sino del talento, la constancia y la fidelidad a una investigación plástica desarrollada con independencia y rigor.

Esta exposición supone, además, una excelente oportunidad para acercarse a la obra de un creador que ha construido, desde el silencio y la reflexión, uno de los discursos más personales y consistentes de la abstracción geométrica española contemporánea.

(Basado en el articulo de Miguel Ángel Artigas en el Diario de Teruel)



Jaume Rocamora es una de las figuras más singulares de la abstracción geométrica española contemporánea. Nacido en Tortosa en 1946, inició su formación artística en la Escola Taller d'Art de su ciudad natal y la completó en el Cercle Artístic de Sant Lluc de Barcelona. Sin embargo, siempre se ha considerado un artista autodidacta, ya que su verdadero aprendizaje se ha forjado a través de un incesante contacto con el arte europeo mediante viajes, exposiciones y el diálogo con destacados pensadores y críticos.

Tras unos primeros años dedicados a la pintura de paisaje, su trayectoria dio un giro decisivo a mediados de la década de 1970, cuando desarrolló un lenguaje plástico propio basado en la abstracción geométrica y el constructivismo. La exposición Els cartons i Rocamora, presentada en el Ateneo de Barcelona en 1978, marcó el nacimiento de una gramática visual que ha permanecido como eje fundamental de toda su producción.

El descubrimiento del antiguo taller de sastrería familiar fue determinante en esta evolución. Los cartones utilizados para plegar prendas se convirtieron en el soporte esencial de su obra. Recortados, encolados y ensamblados conservando su color natural, estos materiales humildes dieron lugar a unos relieves y collages donde la línea, el plano y la geometría generan composiciones de un extraordinario rigor formal. Series como Materias primas (1978), Sistemas compositivos (1987) o Encaje concluyente (1993) consolidaron una investigación plástica que busca el equilibrio entre orden, ritmo y espacio.

A partir de la segunda mitad de los años noventa, Rocamora incorporó nuevos elementos formales y conceptuales. El color irrumpió en su obra como un recurso simbólico, especialmente en series como Thalassa (1998), inspirada en el Mediterráneo y la tradición clásica griega, o Rietveld (2005), ampliando el alcance poético de un lenguaje hasta entonces dominado por los tonos naturales del cartón. Posteriormente desarrolló proyectos como IRIS, donde el cromatismo convive con el rigor geométrico sin alterar la armonía compositiva.

Su producción se ha extendido también al libro de artista y la obra gráfica, con publicaciones como Raíces nuestras, Materias primas, Elementos primarios o Entre el juego y el reto. Paralelamente ha llevado sus investigaciones al espacio tridimensional mediante instalaciones realizadas junto al músico Josep Bagès, entre ellas Laberinto (2005) y Elementos de conducta y transporte (2009), en las que traslada la geometría de sus collages al espacio arquitectónico y establece un diálogo entre imagen, espacio y sonido.

Aunque ha desarrollado la mayor parte de su carrera desde Tortosa, alejado de los grandes centros de producción artística, Rocamora ha mantenido siempre una estrecha conexión con las corrientes más avanzadas del arte contemporáneo. Esta condición de creador "desde la periferia", como la ha definido el crítico Ricardo García Prats, no ha supuesto un aislamiento, sino una posición de independencia intelectual desde la que ha construido una de las investigaciones más coherentes sobre la geometría en el arte español de las últimas décadas.

Su trayectoria ha recibido importantes reconocimientos internacionales, entre ellos la Bienal Iberoamericana de México (1980) y la International Bilan Art Exposition de Nueva York (1982 y 1984). Su obra forma parte de prestigiosas colecciones como la Tate Gallery de Londres, el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, el MACVAC de Vilafamés, el Centre National des Arts Plastiques de París o el Saturo Sato Museum de Japón.

En 2012, coincidiendo con el cincuentenario de su primera participación en una exposición colectiva, el Museo de Arte Moderno de Collioure le dedicó una amplia retrospectiva. Más recientemente, la exposición Desde la periferia, presentada en el Museo Salvador Victoria de Rubielos de Mora, ha revisado la segunda etapa de su producción, poniendo de relieve la profundidad intelectual de una obra que demuestra cómo la gran vanguardia también puede surgir lejos de los centros tradicionales del arte, desde el rigor, la reflexión y la fidelidad a un lenguaje propio.

Su trabajo constituye hoy una de las aportaciones más sólidas y personales a la abstracción geométrica española, una investigación sostenida durante más de cinco décadas en la que materiales cotidianos, geometría y pensamiento convergen para construir un universo plástico de extraordinaria coherencia y refinamiento.


Fotografias cedidas de la inaguración.



















jueves, 16 de julio de 2026

Sebastião Salgado. En el Tour (1986)

 

En el verano de 1986, el prestigioso diario francés Libération encargó a Sebastião Salgado la cobertura fotográfica del Tour de Francia, uno de los acontecimientos deportivos más importantes del mundo. Sin embargo, fiel a su manera de entender la fotografía, Salgado decidió ir mucho más allá del simple seguimiento de la competición.

Durante las tres semanas que duró la carrera, entre el 4 y el 27 de julio de 1986, recorrió todas las etapas acompañado por los periodistas Pierre Briançon, Gilles Millet y Jean Hatzfeld. Mientras la mayoría de los fotógrafos concentraban su atención en los ciclistas, las escapadas o las llegadas a meta, Salgado dirigía su objetivo hacia otro escenario: el inmenso teatro humano que se desplegaba a ambos lados de la carretera.

Su cámara se detuvo en los pequeños pueblos, en las familias que aguardaban durante horas el paso del pelotón, en los agricultores que abandonaban momentáneamente sus tareas, en los niños, los ancianos y los rostros anónimos que convertían el Tour en una auténtica celebración popular. Más que fotografiar una prueba deportiva, Salgado retrató un país entero.

Esta serie constituye una excepción dentro de su trayectoria, aunque mantiene intactas las señas de identidad de su obra: una mirada profundamente humanista, el respeto por las personas fotografiadas y una extraordinaria capacidad para encontrar belleza y dignidad en lo cotidiano. Sus imágenes hablan tanto del paisaje como de quienes lo habitan, convirtiendo cada fotografía en un pequeño relato sobre la condición humana.

«Ya amaba Francia. Después de aquel Tour, la amé aún más», reconocería años más tarde el propio fotógrafo.

Los periodistas que compartieron aquel viaje quedaron sorprendidos por su manera de trabajar. Patrick Le Roux, redactor de Libération, resumía así su talento: «Esa especie de inocencia le permitía captar cosas que nosotros ya no veíamos.»

Y quizá ahí reside la grandeza de esta serie. Salgado no buscó el instante glorioso de la victoria ni el gesto heroico del campeón. Prefirió dirigir su mirada hacia la "Francia a pie de carretera", hacia las personas que daban sentido al acontecimiento y que, año tras año, convertían el Tour en una fiesta colectiva.

Con En el Tour, Sebastião Salgado demuestra una vez más que la fotografía documental trasciende el mero registro de los hechos. Incluso en el mayor espectáculo deportivo del mundo, su interés nunca estuvo en la competición, sino en las personas. Porque para Salgado, como en el resto de su obra, el verdadero protagonista siempre ha sido el ser humano.