Aprovechando la escapada que realizamos hace unos días a Alicante, tuvimos también la oportunidad de acercarnos a Elche, una ciudad que no conocíamos y de la que habíamos oído hablar tantas veces por la singularidad de su paisaje.
El viaje tenía, como casi siempre, un doble objetivo: turístico y fotográfico. Y Elche no defraudó. Su Palmeral, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, constituye un paisaje cultural único, de enorme valor histórico y universal. Se trata del corazón de un antiguo sistema de regadío creado hace aproximadamente un milenio por los fundadores de la ciudad islámica de Elche, orientado originalmente a la horticultura intensiva.
Este paisaje de origen andalusí combina elementos tradicionales con adaptaciones contemporáneas. A lo largo del tiempo ha experimentado una evolución visible tanto en los usos del suelo —pasando de un sistema agrícola tradicional a un entorno cada vez más integrado en el espacio urbano— como en los propios cultivos, donde especies históricas conviven hoy con otras de introducción más reciente.
Con más de 200.000 palmeras, el Palmeral de Elche es el mayor de Europa. A simple vista puede parecer un bosque, pero en realidad se trata de una plantación agrícola organizada de forma muy precisa. Las parcelas, conocidas como huertos, están delimitadas por alineaciones de palmeras que, vistas desde el aire, dibujan una retícula geométrica muy característica. En el interior de estos huertos, los bancales se han dedicado tradicionalmente a cultivos agrícolas que aprovechaban la sombra y la regulación térmica que proporcionaban las palmeras.
Aunque la presencia de palmeras en el sur de Europa es muy antigua, anterior incluso a la ocupación humana, los cambios climáticos y las glaciaciones redujeron drásticamente su presencia. Solo sobrevivieron en zonas especialmente protegidas y templadas, como el entorno de Elche.
La gran expansión del palmeral se produjo entre los siglos VIII y IX, cuando los árabes fundaron la nueva ciudad en su emplazamiento actual y desarrollaron una extensa red de acequias y sistemas de riego, muchos de los cuales todavía siguen en funcionamiento. La conservación durante siglos de este sistema agrícola de tipo oasis fue uno de los aspectos que la UNESCO valoró para su declaración como Patrimonio de la Humanidad.
Hoy, el palmeral mantiene más una función paisajística, cultural y patrimonial que estrictamente agrícola, aunque sigue siendo uno de los símbolos más reconocibles de la ciudad.



























































