sábado, 1 de agosto de 2026

Girasoles

 

Dicen que los girasoles siguen al sol. Yo creo que siguen a la esperanza.

Cada amanecer levantan lentamente la cabeza, como quien despierta de un sueño antiguo y necesita comprobar que la luz sigue allí. No preguntan si habrá tormenta, si el viento doblará sus tallos o si la noche volverá demasiado pronto. Simplemente miran hacia donde nace el día.

Mientras nosotros aprendemos a convivir con las sombras, ellos han decidido enamorarse de la luz.

Cuando el verano alcanza su plenitud, un campo de girasoles deja de ser un campo. Se convierte en una multitud de corazones dorados latiendo al mismo compás, miles de rostros inclinados hacia un único horizonte, como si la tierra hubiera decidido rezar mirando al cielo.

El viento pasa entre ellos como quien acaricia un mar inmóvil. No hablan, pero se escuchan. No caminan, pero emprenden cada día el mismo viaje. El viaje más difícil de todos: el de no dejar de buscar aquello que les da vida.

Y cuando el sol comienza a declinar y el otoño se acerca en silencio, los girasoles inclinan lentamente la cabeza. No es tristeza. No es cansancio. Es gratitud.

Han transformado la luz en semillas, el tiempo en fruto y la belleza en futuro. Saben que todo termina, pero también que toda semilla guarda la promesa de otro verano.

Solo viven orientados hacia aquello que aman.

Y pienso que tal vez la vida no consista en evitar la oscuridad, sino en parecerse un poco a ellos: levantar cada mañana el rostro, aunque la noche haya sido larga; seguir buscando la luz, aunque las nubes la oculten; y florecer, incluso sabiendo que un día nuestros pétalos también caerán.

Porque quien vive mirando al sol deja, sin darse cuenta, un campo entero de esperanza detrás de sí.