miércoles, 28 de octubre de 2026

La fábrica de ladrillos Anguera: memoria industrial, familiar y local de Tortosa



La fábrica de ladrillos Anguera, conocida históricamente como la Bòbila d’Anguera y comercialmente como Ladrillos Anguera, S. A., fue una de las industrias cerámicas más emblemáticas de Tortosa. Construida en 1908 por Pere Anguera i Farnós, formó parte de la tradición industrial de la ciudad y de las Terres de l’Ebre. Durante décadas, la fábrica se dedicó a transformar la arcilla en ladrillos y otros materiales de construcción, contribuyendo al desarrollo urbano y arquitectónico de la zona.

Pero la historia de la fábrica Anguera va más allá de su actividad industrial. Es también una historia familiar, vinculada a varias generaciones de la familia Anguera, que mantuvieron viva una actividad profundamente arraigada en el territorio. El apellido forma parte de la memoria colectiva de Tortosa, donde la trayectoria de la familia dejó huella más allá del ámbito empresarial. También su vinculación con otros ámbitos de la vida local, como la aviación, representada por el capitán Arturo Anguera Vallés, forma parte de los recuerdos que conectan a esta familia con la historia de la ciudad.

Desde el punto de vista arquitectónico, la fábrica constituye un destacado testimonio del patrimonio industrial tortosino del siglo XX. Uno de sus elementos más singulares es el horno Hoffmann, un sistema de cocción continua que permitía desplazar el fuego por diferentes cámaras sin interrumpir la producción. La gran chimenea, además de cumplir una función técnica esencial, se convirtió en un elemento característico del paisaje industrial de la época.

El conjunto estaba diseñado para aprovechar al máximo los recursos y facilitar el trabajo. El ladrillo visto, las formas geométricas y los arcos daban lugar a construcciones sobrias y funcionales, realizadas con el mismo material que se fabricaba en la propia instalación. La fábrica contaba también con vías para las vagonetas, espacios de almacenamiento, depósitos de combustible y secaderos, donde los ladrillos perdían humedad antes de entrar en el horno.

Los secaderos constituían una fase fundamental del proceso de fabricación. La ventilación natural favorecía el secado gradual de las piezas de arcilla y, al mismo tiempo, se aprovechaba el calor residual del horno para acelerar el proceso. Esta organización del espacio permitía ahorrar energía y mantener la continuidad de la producción, integrando arquitectura, tecnología y trabajo en un mismo sistema.

Hoy, los restos de la fábrica Anguera son mucho más que las huellas de una antigua industria. Representan la memoria de un oficio, de una actividad económica y de las personas que, generación tras generación, contribuyeron a construir la ciudad. Cada ladrillo evoca la transformación de la tierra mediante la acción del fuego, pero también las manos que la trabajaron, las familias que vivieron de esta actividad y una Tortosa que crecía al ritmo de sus industrias.

Preservar la fábrica Anguera es preservar una parte de la memoria familiar y colectiva de Tortosa: un patrimonio que nos habla del trabajo, del ingenio y de la capacidad de transformar los recursos del territorio en materiales de construcción, pero también de las personas y las historias que dan sentido a los espacios que hemos heredado.






























sábado, 17 de octubre de 2026

La imatge sota la superfície


Jep Colomé · Museu de l’Ebre, Tortosa

La imatge sota la superfície es una exposición del fotógrafo tortosino Jep Colomé que nos invita a detener el tiempo, ralentizar la mirada y adentrarnos en una manera diferente de contemplar la naturaleza. La muestra, que puede visitarse en el Museu de l'Ebre, en Tortosa, nos propone un ejercicio de descubrimiento visual en el que aquello que parece cotidiano se transforma en una experiencia llena de matices, texturas y significados.

El proyecto nace de la observación de los nenúfares y de la fascinación que despiertan los colores, las formas y los detalles que emergen sobre la superficie del agua. A través de la cámara, Jep Colomé explora este universo sutil y cambiante, donde la luz, los reflejos y las formas vegetales se confunden y dialogan. Las imágenes nos sitúan ante una realidad que va más allá de lo que percibimos a primera vista, como si bajo aquella superficie tranquila se escondiera un mundo que solo se deja descubrir cuando aprendemos a mirar sin prisas.

La exposición está formada por 17 fotografías de gran y mediano formato, articuladas en torno a dos haikus del siglo XVIII. Cada imagen corresponde a una sílaba, de modo que el conjunto se convierte en una especie de poema visual en el que fotografía y poesía comparten un mismo lenguaje: el de la síntesis, el silencio y la capacidad de sugerir mucho más de lo que muestran.

Esta relación entre imagen y palabra establece un ritmo propio. Cada fotografía puede entenderse como una pausa, un instante suspendido que invita al espectador a observar, interpretar y dejarse llevar por las sensaciones que despierta. Como en los haikus, no hacen falta grandes discursos para transmitir una emoción. A veces, basta un detalle, una forma o una sutil variación de la luz para abrir todo un universo de significados.

Las fotografías de Colomé revelan texturas, formas y tensiones visuales que a menudo pasan inadvertidas en una mirada rápida. Los reflejos del agua, los contornos de los nenúfares y las variaciones cromáticas construyen composiciones que oscilan entre la abstracción y la representación de la naturaleza. Aquello que inicialmente reconocemos se transforma progresivamente en una experiencia visual más abierta, en la que cada espectador puede encontrar sus propias interpretaciones.

El tratamiento de la imagen es sutil y delicado. Las texturas, el grano y los acabados contribuyen a crear una atmósfera particular, sin imponerse sobre la esencia de lo fotografiado. La intervención técnica acompaña la mirada del autor y refuerza el carácter evocador de las imágenes, preservando su naturalidad y su fuerza expresiva.

La imatge sota la superficie es, en definitiva, una invitación a la contemplación. En un mundo acostumbrado a la inmediatez y a la sucesión constante de imágenes, Jep Colomé nos propone hacer una pausa y recuperar el placer de observar. Nos recuerda que la fotografía no consiste únicamente en capturar aquello que tenemos ante los ojos, sino también en descubrir lo que a menudo nos pasa inadvertido.

Bajo la superficie del agua, en las formas de los nenúfares y en los juegos de luz y color, existe una realidad que se revela poco a poco, sin prisas ni estridencias. Una realidad que nos habla de la belleza de los pequeños detalles y de la necesidad de mirar el mundo con mayor atención y sensibilidad.


















domingo, 11 de octubre de 2026

El Noviciado de la Compañía de Santa Teresa de Jesús


El histórico Noviciado de la Compañía de Santa Teresa de Jesús, conocida popularmente como las Teresianas, constituye uno de los espacios vinculados a la historia religiosa y educativa de Tortosa y al legado de su fundador, san Enrique de Ossó.

En 1897, bajo el generalato de Rosario Elías, se colocó la primera piedra del edificio destinado a albergar el noviciado de la congregación, que fue inaugurado en 1901. La construcción sustituyó a una edificación anterior, levantada en 1878 por iniciativa de Enrique de Ossó, con el propósito de dar respuesta a las necesidades de formación de las religiosas teresianas.

Durante muchos años, este recinto fue el único noviciado de la congregación, por lo que desempeñó un papel destacado en la formación espiritual de numerosas religiosas. En 1908 acogió también los restos de su fundador, estrechando aún más los vínculos del lugar con la memoria de Enrique de Ossó.

Con el paso del tiempo, el complejo fue adaptándose a nuevas necesidades y amplió sus funciones como casa de espiritualidad e internado, manteniendo su relación con la vida religiosa y educativa de la ciudad.

Hoy, el recinto forma parte del patrimonio histórico de Tortosa y conserva la memoria de una etapa en la que la ciudad tuvo un papel relevante en la expansión y consolidación de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Sus espacios y elementos arquitectónicos permiten acercarse a una historia marcada por la vocación educativa, la espiritualidad y la huella de una congregación que encontró en Tortosa uno de sus lugares fundamentales.